Paisaje y paisanaje

Nuestro proyecto se sitúa en el singular paraje de tierra de campos, en Padilla de Arriba. Este pueblo burgales dibuja su contorno al contraste de campos de trigo, girasol y alguna que otra alfalfa. Protegido, desde la lejanía, por el contorno de la peña Amaya.

La comarca

Región de amplios horizontes en el que la vista viaja sin impedimentos durante kilómetros y son pocos los arboles o colinas que le ofrecen obstáculo. Geografía llana, poblada de campos de cereal y pueblos dispersos sobre un plato de sopa, verde en primavera, dorado en verano,  mecidos por los vientos del noroeste como cuchara en mano. Este agrupamiento de pueblos, tan en relación con las tierras que los rodean, fue testigo de numerosas culturas que poblaron la región a lo largo de la historia.  Cántabros, Musulmanes o Romanos, dejaron su legado en algunos de los edificios emblemáticos que aún persisten en las distintas poblaciones. 

Para estos núcleos, con una actividad tan presente en el campo, era de gran importancia la existencia de los muchos manantiales, que antaño regaban el territorio. Pequeñas fuentes dispersas, diseminadas, de las que poco queda ya hoy, pero que entonces, eran veneradas por ofrecer un trago en las largas jornadas de trabajo, permitir al ganado refrescarse y dar de beber a la fauna local. En aquellos entonces, los bosques de encinas y olmos, ofrecerían sombra y humedad, y con los arboles, mayor cantidad de aves, insectos y pequeños y grandes mamíferos, dejarían verse por el entorno. Como la imagen casi extinta de las simbólicas avutardas.

El pueblo

Un pueblo como otros muchos, cuyas casas están echas en su mayoría de barro, madera y paja. En estos días también las ahí de cemento, incluso alguna de piedra pero, la mayor parte de ellas, siguen presentando ese aspecto marrón terruño, construida con ladrillos de adobe. Secados al sol y al duro frio del invierno. Ladrillos que de perder su abrigo de tejas y aleros, pronto comienzan a derretirse, dejando aquí y allá, en bodegas y tapias olvidadas, el aspecto de castillos de arena que poco a poco se deshacen.

“La Castilla de tierra de campos, el hombre tiene a su alrededor tierra, mucha tierra, y cielo, mucho cielo, y de la primera se ha servido para hacerse su cobijo, su vivienda y así ha sido durante cientos de años”

En estos pueblos castellanos, rara es la casa que queda fuera del pueblo, y muy juntas, van formando calles estrechas. Así, sus habitantes, se protegen de un viento que recuerda la fuerza de la naturaleza. Un pueblo, como otro cualquiera, con su frontón y con sus lavaderos , y a la vez, con sus rarezas, pues en este lugar, la taberna aun hoy sigue abierta y allá, cada tarde, se juntan los viejos y algunos jóvenes, a tomar el café y echar la partida.

También presume de dos iglesias, una en pie y la otra a medio caer. Los lugareños han convertido el antiguo templo en una galería con todo tipo de representaciones propias de las zona; sus campesinos en piedra, espigas soldadas en hierro y  hasta la estatua de la Virgen Blanca, recordando el antiguo credo del lugar. 

Sobre el vino y el pan

El vino y el pan siempre estuvieron ligados a la cultura social del lugar. Padilla viene de “patela” lugar donde se hornea el pan. En la edad media contaba con varios hornos y las gentes de los pueblos cercanos, se acercaban con las harinas de sus cosechas a trasformarlo en hogazas para la semana.

El cereal era fruto de largas jornadas de trabajo, labores duras que acarreaban días fuera de casa. Cuentan los paisanos, cómo el fruto de la uva se convertía en una gran aliado para estos quehaceres pues ofrecía calor, alimento y energía. Cada familia contaba con sus propia viña y su propia bodega, y una vez al año, celebraban la vendimia todos juntos, entre cánticos acompañados de tragos de porrón, pan y queso. En el pueblo, son muchas las bodegas que cuentan esta historia, pero solo una la que como antaño ofrece la ocasión de participar, de manera colectiva, en el proceso de la vendimia.

Despoblación

¿Que son los pueblos sin sus gentes? Y ¿las gentes sin sus pueblos? Atrás quedan los años en que sonaba el timbre de la escuela y por las calles se escuchaba una algarabía de voces, corriendo hacia la plaza, el frontón o los lavaderos. En la memoria de una generación no tan lejana, perdura,sin duda, el ir de casa en casa, para jugar al balón, ir a buscar caracoles o acercarse al meandro cercano. Un pueblo de Castílla como tantos otros, donde cada vez son menos los habitantes. Los jóvenes marcharon a la ciudad para volver si acaso algún fín de semana y, poco a poco, los ancianos también van abandonando el lugar. 

Esta falta de gente es razón suficiente para restar servicios, y esto al mismo tiempo, impide que más gente, nuevos pobladores, se sienta atraídos por  la tranquila vida del medio rural. Sin médicos o buen soporte de internet se hace complicado emprender proyectos acordes a los tiempos actuales. El círculo no para de girar. Es una realidad social dura, la de estos pueblos de tierra de campos, donde la creación de algunos puestos de trabajo puede suponer, la inclinación para que una o dos familias decidan quedarse. Este es el compromiso de los que aún quedan, mantener el recuerdo de lo que fue y hacer del lugar algo donde habitar.

Hacenderas

Son pocas, pero suficientes, las familias que dan vida a la costumbre de juntarse de vez en cuando a trabajar de forma compartida.  Pero ya se sabe “donde hubo, retuvo” y aún sus habitantes mantienen como rescoldo en la gloría, recuerdo vivo de algunas de las antiguas constumbres. Los rincones de sus calles se engalanan con el resultado de las hacenderas, quedadas donde el pueblo se reúne para realizar esta o aquella tarea. Plantar árboles, arreglar caminos o recuperar las tojas, antiguos humedales en torno a los que se propicia toda clase de biodiversidad. 

Un par de veces al año, se llama a los vecinos a realizar alguna de estas tareas y con el tiempo ha quedado poso en forma de humedales, zonas verdes o  bosquecillos que aportan cobijo a los animales y regocijo al paseante. Tras las jornadas de trabajo es costumbre reunirse todo el grupo al calor de un buen guiso, ya sea de alubias o garbanzos, siendo el trabajo, la excusa perfecta para compartir un día en comunidad.

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